En artículos anteriores del blog he hablado sobre el minimalismo digital y sobre cómo esta filosofía me ha ayudado a estar más presente y a priorizar lo verdaderamente importante.
Una de las premisas clave del minimalismo digital, según Minimalismo Digital, es la siguiente:
“El minimalismo digital es una filosofía del uso de la tecnología en la que concentras tu tiempo en línea en un pequeño número de actividades cuidadosamente seleccionadas y optimizadas, que apoyan sólidamente las cosas que más valoras, mientras te olvidas con gusto del resto.”
Algo importante a notar es que Cal Newport habla del tiempo en línea, no de las pantallas en sí.
Y esto no es casualidad.
Las pantallas, por sí solas, no son las culpables.
Son simplemente el medio a través del cual hoy se libra la batalla por nuestra atención.
El verdadero problema: la economía de la atención

Las grandes empresas tecnológicas —Google, Facebook y similares— suelen decir que sus productos existen para conectar personas.
Sin embargo, en la práctica, están diseñados para capturar y retener nuestra atención, para después venderla al mejor postor, ya sea con fines comerciales o políticos.
Estas plataformas funcionan como máquinas tragamonedas:
de vez en cuando te dan una pequeña “victoria” para que sigas ahí, metiendo monedas con la esperanza de la siguiente recompensa.
Solo que aquí:
• la moneda no es dinero, es tu tiempo, y las pequeñas victorias se llaman likes, notificaciones o validación social.
Todo esto juega directamente con nuestro sistema límbico, entregándonos pequeñas dosis de dopamina con el mínimo esfuerzo posible.
¿Guerra contra las pantallas?
Por esta razón, gran parte del minimalismo que vemos hoy en día propone declararle la guerra a las pantallas y volver por completo a lo analógico.
Y aunque entiendo por qué para muchas personas alejar la tentación es la solución más sencilla, considero que esta postura es un error.
Las tecnologías nos ofrecen ventajas enormes: aprender, crear, diseñar, escribir, pensar mejor y trabajar con mayor profundidad.
El problema no es la herramienta,
es cómo y para qué la usamos.
Dispositivos sin distracción… o decisiones conscientes
De ahí surgen herramientas como reMarkable, que ofrecen las ventajas de lo digital con cero distracciones.
Pero, personalmente, creo que cualquier dispositivo puede convertirse en algo similar si hacemos una sola cosa:
dificultar el acceso a las distracciones.
Todo se reduce a evaluar:
• qué te ofrece una herramienta,
• qué te cuesta en tiempo,
• cuánto estás dispuesto a invertir en ella.
Tú decides conscientemente cuánto tiempo le das…
y el resto del tiempo la bloqueas para enfocarte en cosas más valiosas.
La herramienta nunca es la culpable
Un cuchillo puede servir para preparar una deliciosa cena
o para hacer daño a alguien.
La herramienta no es la culpable.
El problema siempre es el uso que le damos.
Si una pantalla te sirve para aprender, crear o pensar mejor, entonces tiene sentido usarla.
Siempre y cuando no sacrifiques cosas más importantes como:
• salud,
• familia,
• trabajo,
• o cualquier cosa que te haga verdaderamente feliz.
Conclusión
Las pantallas no son el enemigo.
Son simplemente la vía que utiliza el enemigo para robar nuestra atención y nuestro tiempo.
La decisión es tuya:
puedes enfrentarlo alejándote por completo de las pantallas,
o aprendiendo a usarlas de manera consciente, intencional y alineada con tus valores.

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