
Hace algunos años escuché una idea de Steve Jobs que nunca se me olvidó.
En su famoso discurso de graduación en Stanford contaba que, desde joven, tenía la costumbre de hacerse una pregunta frente al espejo:
“Si hoy fuera el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy?”
Es una pregunta incómoda.
No creo que deba responderse con un sí todos los días. Hay días difíciles. Hay semanas pesadas. Hay proyectos que se complican y problemas que simplemente forman parte de estar vivo.
Pero siempre me ha parecido una buena brújula.
Porque obliga a preguntarte si estás viviendo la vida que elegiste o si solamente estás esperando a que llegue otra.
La vida que estaba esperando la jubilación

Durante muchos años conocí a un señor que vivía cerca de la casa de mis suegros.
Cada vez que nos encontrábamos terminábamos platicando un rato. Y casi siempre me decía algo parecido:
—Arqui, ya me faltan tres años para jubilarme.
Después eran dos.
Luego uno.
Lo decía con ilusión. No como quien espera terminar un trámite, sino como quien espera el inicio de una nueva vida.
Estaba cansado de trabajar. Su sueño era viajar, descansar y pasar más tiempo en la playa, algo que siempre le había gustado.
Recuerdo que constantemente hablaba de ese momento.
Como si la vida real estuviera esperándolo al otro lado de una fecha marcada en el calendario.
Pero entonces llegaron los problemas de salud.
La diabetes comenzó a complicarle la vida. Después vino un accidente. Luego una amputación. Poco a poco su condición fue empeorando.
Finalmente lo jubilaron antes de tiempo.
Pero para entonces ya estaba demasiado enfermo para hacer todo aquello que había imaginado durante años.
No viajó.
No disfrutó la playa.
No vivió esa etapa que había esperado durante tanto tiempo.
Poco después falleció.
Recuerdo el día que me dieron la noticia.
Y todavía hoy sigo pensando lo mismo.
Qué triste pasar tantos años esperando algo que nunca llegó.
La trampa de vivir esperando

Aquella historia me hizo reflexionar sobre algo que veo constantemente.
Personas que viven esperando.
Esperando el viernes.
Esperando las vacaciones.
Esperando que termine el proyecto.
Esperando que los hijos crezcan.
Esperando que llegue el siguiente aumento.
Esperando la jubilación.
Esperando el momento en que, por fin, podrán empezar a disfrutar.
Como si la vida estuviera siempre unos años adelante.
Como si el presente fuera únicamente una sala de espera.
Y yo también he caído en esa trampa.
Cuando era estudiante pensaba que todo sería mejor cuando terminara la carrera.
Después pensé que sería cuando consiguiera mis primeros proyectos.
Más tarde, cuando abriera el despacho.
Luego cuando el despacho creciera.
Luego cuando tuviera más tiempo.
La meta cambia.
La espera permanece.
Muchas veces creemos que estamos persiguiendo nuestros sueños, cuando en realidad estamos posponiendo nuestra vida para una versión futura de nosotros mismos.
Y el problema es que ese futuro siempre encuentra la manera de moverse unos pasos más adelante.
Las microjubilaciones y el valor del presente

Hace tiempo leí sobre el concepto de las microjubilaciones.
La idea es sencilla: en lugar de trabajar cuarenta años para disfrutar al final, buscar espacios a lo largo de la vida para viajar, aprender, descansar o simplemente vivir con más calma.
No sé si sea una solución para todo el mundo.
Pero sí creo que nos recuerda algo importante.
No existe ninguna garantía de que lleguemos al momento que imaginamos.
Y aunque lleguemos, tampoco hay garantía de que tengamos la salud, la energía o las ganas para disfrutarlo.
Por eso cada vez me gusta menos la idea de vivir esperando.
No porque no debamos planear el futuro.
Claro que debemos hacerlo.
Sino porque el futuro no debería convertirse en el único lugar donde permitimos que exista la felicidad.
A veces una tarde tranquila con la familia.
Una conversación interesante.
Un café sin prisa.
Un paseo.
Un libro.
O una mañana de trabajo que realmente disfrutas.
También forman parte de una vida bien vivida.
No son premios de consolación mientras llega algo mejor.
Son la vida misma.
Construir una vida que valga la pena mientras ocurre
Incluso hoy, dirigiendo Trignum, hay semanas complicadas.
Semanas donde los números no salen.
Semanas donde una obra se atrasa.
Semanas donde un cliente pone a prueba toda tu paciencia.
Y sí, hay lunes que no tengo ganas de que lleguen.
Pero eso es muy distinto a sentir que estoy desperdiciando mi vida.
Porque una mala semana no significa una mala vida.
Una mala racha no significa que estés en el camino equivocado.
La diferencia está en si lo que haces tiene sentido para ti.
La arquitectura me ha enseñado algo curioso.
Muchas veces pensamos que la felicidad está en la obra terminada.
En la fotografía final.
En la publicación.
En el reconocimiento.

Pero gran parte de la vida ocurre mucho antes.
Ocurre en los bocetos.
En las conversaciones.
En las visitas de obra.
En los cafés compartidos.
En las ideas que todavía no existen.
Ocurre mientras el proyecto está sucediendo.
Quizá por eso, con los años, he intentado cambiar una idea por otra.
Ya no quiero construir una vida que solo pueda disfrutar después.
Quiero construir una vida que también valga la pena mientras ocurre.
Una vida donde el trabajo tenga sentido.
Donde haya espacio para mi familia.
Donde existan proyectos que me entusiasmen.
Donde el camino sea tan importante como el destino.
La vida es esto

Porque nadie sabe cuánto tiempo queda.
Y porque la vida no empieza cuando termina el proyecto.
No empieza cuando llega el viernes.
No empieza cuando los hijos crecen.
No empieza cuando llega la jubilación.
La vida es este día.
Este momento.
Esta conversación.
Este café.
Este artículo.
La vida es esto.
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