
Hubo una sola vez durante la universidad en la que realmente pensé que quizá había elegido la carrera equivocada.
El primer semestre me había ido muy bien. Venía con ventaja porque había estudiado Dibujo Técnico y ya sabía modelar en 3D, algo poco común en ese entonces. Me sentía seguro de mis habilidades y creía que la carrera sería un camino relativamente sencillo.
Todo cambió en segundo semestre.
Por cuestión de horarios terminé inscrito con el profesor del que todos hablaban. Decían que era el más exigente de la facultad. Yo entré confiado, pensando que no sería tan diferente.
La primera entrega fue un golpe de realidad.
Nada parecía ser suficiente. Cada corrección venía acompañada de una exigencia enorme y, por primera vez, dudé si realmente tenía lo necesario para convertirme en arquitecto.
En lugar de cambiarme de grupo o rendirme, decidí hacer exactamente lo contrario.
Recuerdo especialmente un proyecto donde diseñábamos una escuela. Pasé todo un fin de semana perfeccionando sombras, corrigiendo detalles, dibujando perspectivas y revisando cada plano una y otra vez.
Cuando entregué el proyecto, el profesor lo observó unos segundos y dijo:
— Esto no pudo haberlo hecho un alumno de segundo semestre. Alguien te ayudó.
No supe si sentirme ofendido o tomarlo como el mejor cumplido que había recibido.
Al finalizar el semestre, ese proyecto fue uno de los pocos seleccionados por el profesor como ejemplo para el grupo.
Con los años terminé eligiéndolo como asesor de mi tesis. Descubrí a una persona completamente distinta: apasionada por enseñar, generosa con su conocimiento y siempre dispuesta a ayudar.
Poco antes de terminar mi etapa universitaria, falleció de manera inesperada.
Con el tiempo comprendí que las personas que más nos exigen, muchas veces son también las que más creen en nuestro potencial.
Aquel semestre no solo me enseñó arquitectura.
También me enseñó que el crecimiento casi siempre comienza cuando dejamos de buscar el camino fácil.
Hasta aquí por hoy.
Saludos,
ArqEochoa
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