
Hay remodelaciones que cambian una vivienda.
Y hay remodelaciones que terminan abriendo una discusión sobre qué significa conservar la arquitectura.
Hace unos días comenzó a circular en redes sociales el proceso de remodelación de un apartamento en Bogotá. El proyecto original pertenecía a Rogelio Salmona, uno de los arquitectos más importantes de Colombia y de Latinoamérica.
Entre las transformaciones realizadas se modificó una escalera original del apartamento.
Lo que podría parecer una decisión más dentro de una remodelación residencial terminó convirtiéndose en una discusión sobre arquitectura, propiedad privada y patrimonio.
Porque Altos de Santana no es simplemente un conjunto de viviendas.
Es un Bien de Interés Cultural.
Y eso cambia las reglas.
Una escalera que era parte de una obra
Rogelio Salmona entendía la arquitectura de una manera muy particular.
Sus edificios no se limitan a resolver un programa. Los recorridos, las relaciones entre espacios, la luz, el ladrillo, las plazas, las rampas y las escaleras forman parte de una experiencia arquitectónica.
Por eso una escalera dentro de uno de sus edificios no necesariamente puede entenderse como un elemento independiente que simplemente podemos sustituir cuando deja de funcionar para nosotros.
En Altos de Santana, las escaleras interiores forman parte del proyecto arquitectónico integral.
Y ese es precisamente uno de los puntos que señaló el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural —IDPC— al pronunciarse sobre el caso.
El conjunto fue declarado Bien de Interés Cultural en 2010 y cuenta con nivel de intervención 2, correspondiente a conservación tipológica. Esta protección alcanza elementos fundamentales de la arquitectura, entre ellos circulaciones, espacios, fachadas, volumetría y escaleras, tanto en las zonas comunes como dentro de los apartamentos. citeturn0search0
Por eso, modificar una de esas escaleras no era equivalente a cambiar el color de una pared.
Se estaba interviniendo un elemento protegido.
Pero… ¿qué pasa si el departamento es mío?
Esta es probablemente la pregunta más interesante de todo el caso.
Porque cuando compramos una vivienda normalmente asumimos que podemos transformarla para adaptarla a nuestra manera de vivir.
Y, en términos generales, esa libertad existe.
Pero cuando una propiedad forma parte de un inmueble protegido como patrimonio, aparece una segunda dimensión:
la propiedad privada convive con un interés colectivo.
Un Bien de Interés Cultural no se protege solamente porque sea antiguo.
Se protege porque posee valores que la sociedad considera relevantes: históricos, arquitectónicos, culturales, urbanos o simbólicos.
Por eso la declaratoria no elimina la propiedad privada, pero sí establece condiciones para intervenir determinados elementos.
En el caso de Altos de Santana, el IDPC explicó que cualquier intervención sobre un BIC debe ser presentada previamente ante el Instituto para evaluar si afecta los valores patrimoniales que sustentaron la declaratoria. citeturn0search0
Y aquí aparece una diferencia fundamental entre una remodelación convencional y una intervención patrimonial.
En una remodelación convencional podemos comenzar preguntando:
¿Qué quiere cambiar el propietario?
En una intervención patrimonial necesitamos agregar otra pregunta:
¿Qué podemos cambiar sin destruir aquello que hace valioso al edificio?
Patrimonio no significa congelar la arquitectura
A veces existe la idea de que declarar un edificio patrimonio significa convertirlo en una especie de museo.
Pero no es así.
Los edificios patrimoniales siguen teniendo que ser habitados.
Tienen que funcionar.
Necesitan mantenimiento.
Y muchas veces deben adaptarse a nuevas necesidades.
El propio IDPC señala que los inmuebles patrimoniales pueden adaptarse a las necesidades actuales de sus habitantes. La diferencia es que esa adaptación debe hacerse respetando los valores que justificaron su protección y siguiendo el proceso de autorización correspondiente. citeturn0search0
Esto me parece especialmente importante.
Conservar no significa impedir que un edificio siga vivo.
Significa encontrar una manera de permitir que siga funcionando sin borrar su identidad.
Y ahí es donde el arquitecto adquiere una responsabilidad diferente.
El problema no es solamente lo que se quita
Cuando vemos una remodelación podemos preguntarnos si una escalera es bonita, incómoda, oscura, anticuada o poco funcional.
Pero en patrimonio hay que hacer otra lectura.
¿Qué representa esa escalera?
¿Por qué está ahí?
¿Cómo se relaciona con el resto del proyecto?
¿Qué recorrido construye?
¿Qué relación establece con la luz?
¿Qué experiencia quería producir el arquitecto?
Porque una obra arquitectónica no está compuesta únicamente por objetos.
También está compuesta por relaciones.
Una escalera puede conectar dos pisos, pero también puede construir una secuencia espacial.
Un muro puede separar habitaciones, pero también puede dirigir una mirada.
Una ventana puede iluminar un espacio, pero también puede establecer una relación con el paisaje.
Cuando eliminamos un elemento, no siempre eliminamos solamente ese elemento.
Podemos alterar las relaciones que existían alrededor de él.
¿Y qué pasó con la remodelación?
El estudio de diseño que realizó la intervención explicó públicamente que el apartamento presentaba problemas de iluminación y que la escalera dificultaba conseguir algunos de los objetivos del nuevo proyecto.
La remodelación buscó hacer el espacio más luminoso, abierto y contemporáneo, y la escalera original fue sustituida por una nueva propuesta. citeturn0search5
Desde el punto de vista del diseño interior, podemos entender perfectamente que una familia quiera que su vivienda funcione mejor para su forma de vida.
Ese es uno de los objetivos de la arquitectura.
Pero en este caso existía una condición adicional: la obra estaba protegida patrimonialmente.
Según el IDPC, los responsables no presentaron una solicitud de autorización para realizar la intervención. Por ello, el Instituto inició el proceso correspondiente para revisar los hechos, determinar responsabilidades y evaluar la restitución de los elementos afectados. citeturn0search0
La propia institución señala que cuenta con los planos originales, memorias y documentación histórica de la obra, lo que permitiría orientar una eventual restitución de la escalera. citeturn0search0
Entonces, ¿quién tiene la razón?
Aquí creo que debemos tener cuidado.
Es muy fácil convertir una discusión arquitectónica en una pelea entre “los que defienden el patrimonio” y “los que quieren modernizar”.
Pero el problema es mucho más complejo.
Una vivienda debe poder responder a las necesidades de quienes la habitan.
Y al mismo tiempo, una obra patrimonial representa algo que va más allá de sus habitantes actuales.
Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
El verdadero reto está en encontrar el punto donde ambas puedan convivir.
Y precisamente para eso existe la conservación patrimonial.
No para impedir que los edificios cambien.
Sino para evitar que el cambio destruya aquello que la sociedad decidió conservar.
La responsabilidad del arquitecto que interviene patrimonio
Para mí, aquí aparece una de las lecciones más importantes de este caso.
Cuando un arquitecto recibe el encargo de remodelar una vivienda, normalmente empieza pensando en las necesidades del cliente.
Pero cuando esa vivienda forma parte de una obra patrimonial, antes de diseñar debería hacer algo más:
investigar.
Investigar quién diseñó la obra.
Investigar cuándo se construyó.
Investigar por qué es importante.
Investigar qué elementos están protegidos.
Investigar qué transformaciones son posibles.
Investigar qué autorizaciones son necesarias.
Y, sobre todo, comprender la lógica arquitectónica de lo que está a punto de modificar.
Porque intervenir una obra de otro arquitecto también es una forma de diálogo con ese arquitecto.
No significa que tengamos que copiarlo.
Tampoco significa que no podamos hacer arquitectura contemporánea.
Significa que primero debemos entender aquello que estamos tocando.
Una pregunta que va más allá de Salmona
Este caso me parece interesante porque la discusión no debería terminar en:
“¿Estuvo bien o estuvo mal cambiar la escalera?”
La pregunta importante es otra:
¿Qué conservamos cuando conservamos arquitectura?
¿Conservamos materiales?
¿Conservamos formas?
¿Conservamos espacios?
¿Conservamos la intención del arquitecto?
¿Conservamos una manera de entender la ciudad?
¿O conservamos la memoria de una época?
Probablemente la respuesta sea una combinación de todas ellas.
Y por eso el patrimonio arquitectónico es tan complejo.
No estamos conservando solamente ladrillos, concreto, ventanas o escaleras.
Estamos conservando una parte de nuestra memoria construida.
La arquitectura también necesita memoria
Rogelio Salmona dedicó buena parte de su obra a construir una arquitectura profundamente relacionada con el lugar, el recorrido y la experiencia colectiva.
El caso de Altos de Santana nos recuerda que una obra de arquitectura no termina cuando se entrega al propietario.
Con el tiempo puede convertirse en parte de una historia mucho más grande.
Y cuando eso ocurre, nuestra responsabilidad cambia.
Como propietarios.
Como arquitectos.
Y como sociedad.
Porque quizá la verdadera pregunta no sea:
“¿Puedo cambiarlo?”
Sino:
“Si lo cambio, ¿qué parte de la arquitectura estoy dejando de transmitir?”
Esa es, para mí, la diferencia entre simplemente remodelar un espacio y intervenir arquitectura con conciencia.
La arquitectura también es memoria.
Y cuando intervenimos una obra que pertenece a esa memoria, tenemos que aprender primero a escucharla.
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