Hay recuerdos que con el tiempo entendemos que fueron el principio de todo.
Durante muchos años pensé que había elegido ser arquitecto porque me gustaba dibujar. Después creí que había sido por las obras a las que mi papá, ingeniero civil, me llevaba cuando era niño. Más tarde recordé aquellas revistas de casas californianas que copiaba una y otra vez en mis cuadernos, intentando entender por qué unas casas me parecían más bellas que otras.
Hoy creo que ninguna de esas respuestas es completamente cierta.
Todo comenzó mucho antes.
Comenzó con unas tarimas y un árbol.
Mi primer refugio
Crecí en una huerta de casi una hectárea, rodeado principalmente de aguacates, aunque también había limas, guayabas y otros árboles frutales. Mientras otros niños buscaban una cancha para jugar, yo encontré mi lugar entre las ramas de un árbol.
Con unas tarimas que mi papá llevó de una obra construí un pequeño refugio. No tenía paredes, ventanas ni techo. Pero para mí era el lugar más importante del mundo.
Subía con una libreta, un lápiz y algunas guayabas recién cortadas. Ahí leía, dibujaba, imaginaba historias y pasaba horas enteras sin que nadie supiera exactamente dónde estaba. Nunca me sentí solo. Al contrario, era el único lugar donde sentía que podía conectar conmigo mismo.
Sin saberlo, ese refugio me enseñó algo que tardaría muchos años en comprender: un espacio puede cambiar la manera en que una persona se siente.

Dibujar para entender
Con el tiempo mi papá comenzó a llevarnos a sus obras. Recuerdo especialmente una casa en una esquina. Más que la construcción, lo que capturó mi atención fueron los planos. Estaban dibujados completamente a mano.
Los observaba una y otra vez.
No entendía todas las líneas, pero intuía que dentro de aquellos trazos ya existía la casa, mucho antes de levantarse el primer muro.
Durante años guardé esos planos como un tesoro. Fueron mi primera imagen de lo que significaba ser arquitecto. Tanto me marcaron que decidí estudiar dibujo técnico industrial porque quería aprender a dibujar de esa manera.
Siempre he pensado que dibujar es una forma de entender.
Copiaba aquellas casas de las revistas no porque quisiera llenar cuadernos, sino porque quería descubrir por qué funcionaban. ¿Por qué ese techo? ¿Por qué esas proporciones? ¿Por qué esos colores? Dibujar era mi forma de hacer preguntas.

Descubrir que la arquitectura habla de personas
Con el paso de los años descubrí que la verdadera pregunta nunca fue sobre las casas.
Era sobre las personas.
Hoy, cuando una familia llega a Trignum, mi trabajo no empieza dibujando un plano. Empieza intentando entender quiénes son.
Quiero saber cómo viven, qué sueñan, qué les preocupa, dónde imaginan ver crecer a sus hijos, qué significa para ellos sentirse en casa.
Porque una casa puede estar perfectamente diseñada y, aun así, no convertirse nunca en un hogar.

¿Qué es un hogar?
Un hogar es otra cosa.
Es el lugar donde ocurre la vida.
Donde ríes y lloras.
Donde están las personas más importantes de tu mundo.
El lugar al que siempre quieres regresar porque ahí te sientes seguro.
Eso era aquel refugio construido con unas tarimas.
Y, sin darme cuenta, he pasado toda mi vida intentando recrear esa misma sensación para

Cuando la arquitectura cobra vida
Lo que más disfruto de mi profesión no es terminar una obra.
Es regresar años después y verla llena de vida.
Ver bicicletas en la cochera, juguetes olvidados en el jardín, plantas que ya crecieron demasiado, fotografías en las paredes y muebles que ya no están donde los imaginé.
Me emociona descubrir cómo una familia tomó aquellas ideas que un día dibujé y las hizo completamente suyas.
Es en ese momento cuando la arquitectura deja de ser construcción y se convierte en un hogar.
Ahí aparece su verdadera alma.

La verdadera esencia de Trignum
Hace poco pasé frente a aquella casa que mi papá construyó cuando yo era niño. Los planos que tanto admiré desaparecieron hace muchos años, pero la casa sigue ahí, casi igual que entonces.
Eso me hizo pensar que los planos nunca fueron lo importante.
Lo importante era la vida que esos planos hicieron posible.
Quizá por eso nunca sentí que elegí ser arquitecto.
Simplemente seguí el camino que comenzó el día en que un niño construyó un refugio entre los árboles y descubrió que un espacio podía convertirse en el lugar donde uno quería estar.
Desde entonces, eso es lo que intento hacer todos los días.
No diseñar casas.
Diseñar hogares donde la vida suceda.

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