
Estos días he visto cientos de videos del Mundial 2026.
Las imágenes se repiten una y otra vez: miles de personas en las calles, mexicanos conviviendo con japoneses, coreanos y aficionados de todas partes del mundo. Hay música, baile, risas y una energía difícil de describir.
Muchos turistas parecen sorprendidos por algo que para nosotros resulta natural: la hospitalidad mexicana.
Más de uno ha contado cómo un desconocido terminó invitándolo a comer, a brindar o simplemente a sentirse bienvenido.
El famoso “mi casa es tu casa” sigue vivo.
Y mientras veo esas escenas no puedo evitar pensar en el contraste.
México sigue teniendo problemas profundos. Corrupción, violencia, desaparecidos, promesas incumplidas, instituciones debilitadas y una polarización política que parece obligarnos a elegir bando para todo.
Durante años hemos vivido entre discusiones donde unos y otros se culpan mutuamente de los problemas del país.
Sin embargo, durante estos días ocurrió algo extraño.
Por un momento desaparecieron los chairos y los fifís, la izquierda y la derecha, los simpatizantes de un partido y los del otro.
Por unos días todos volvimos a ser México.
Escuché alguna vez que el fútbol es la religión y la FIFA es la iglesia. La comparación me parece acertada.
La FIFA puede tener una historia llena de abusos, corrupción y decisiones cuestionables.
Pero el fútbol sigue teniendo una capacidad extraordinaria para reunir personas que normalmente no compartirían nada más que una misma pasión.
Por eso no comparto la idea de que celebrar sea incompatible con indignarse.
Claro que debemos exigir justicia, denunciar abusos y señalar lo que está mal. Pero no podemos vivir indignados toda la vida.
La vida es demasiado corta para renunciar a los momentos que nos permiten encontrarnos, sonreír y recordar lo mejor de nosotros mismos.
La vida está hecha de claroscuros.
Hay que indignarnos por los oscuros, pero también hay que vivir los claros.
Y este Mundial, con todas sus contradicciones, nos regaló uno de esos momentos en los que recordamos que, antes que cualquier otra cosa, somos mexicanos.
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